caycedo

Soy un pequeño hombre de pueblo que nunca vivió fuera de su país, que encontró un día una libreta de Field Notes y más tarde la perdió

Porque democracia no es hacer las cosas bien, sino en bulto
leidymarmalade:

El lunes había un tremendo desorden al ingreso del Teatro Nacional. A la obra se entraba con invitación, así que las taquillas no estaban habilitadas. Cada quien llevaba su invitación, de modo tal que uno supondría que el acceso sería más sencillo.
Nadie sabía que pasaba, había una gran aglomeración en la calle y algunas personas habrían habían logrado pasar la primera entrada, desde la calle al “lobby del teatro” y estaban igualmente aglutinadas esperando poder ingresar a la sala. Yo no entendía nada. Alguien que estaba junto a mí, muy junto, pues esto era una masa de gente, le comentó a otra persona que el desorden podía deberse a que, aunque el Teatro Nacional había prestado la sala, no había prestado la logística ni las personas encargadas de organizar el ingreso de los asistentes.
Entre tanta multitud y empujadera recordé los acontecimientos de días pasados en Alemania, en el Love Parade. Hice algunos chistes al respecto y empecé a preguntarme qué clase de entidad es una multitud y cómo opera la fuerza que finalmente la mueve. De algún modo, sin moverme, sino movida por la fuerza de la “multitud”, logré franquear la primera entrada. Ya para entrar a la sala la aglomeración era mucho mayor. Aunque habían tres puertas disponibles los “encargados” sólo habilitaron una, y entonces había uno de esos embudos que parecen ser los que finalmente precipitan esa cosa llamada estampida.
Hoy le dije a Bernal que no entendía como podía producirse una estampida. Es decir, que no entendía como era posible que un montón de gente que no podía moverse para ningún lado porque sencillamente no hay espacio, repentinamente estuviese corriendo despavorida hacia algún lugar. Paradójico que racionalmente no pueda encontrarse espacio para andar o moverse y finalmente sea el miedo el vehículo de la liberación de ese espacio libre, supuestamente inexistente o imposible de hallar.
Nuevamente la fuerza de la multitud, que supongo es la suma de los pequeños y erráticos movimientos de cada quien apretujado contra los demás, me arrastró a la parte más angosta del embudo, que era la única puerta disponible para ingresar a la sala. Unos contra otros, de a uno intentando ingresar. Cuando llegué a la puerta pararon el acceso. Creí que era posible entonces pedirles a todos los que estábamos allí que nos organizaramos para entrar, pues si nos poniamos de acuerdo, sería más fácil para todos y probablemente todos estaríamos dentro en menos tiempo del que nos costaba restregándonos unos contra otros.  Nadie pareció escuchar. Restituyeron el acceso, de nuevo la gente empujaba y cada quien como podía se hacía a su ingreso. Decidí dejar pasar algunas personas y mientras tanto me detuve a pensar. Luego los miré y les dije: ¿será posible que nos organicemos para entrar? nadie pareció escuchar de nuevo, ni siquiera repararon en mí. Había un chico junto a mí y sólo los dos logramos llegar a un acuerdo: -pasa, le dije… ¿con quien vienes? pasen, y luego paso yo-.
Mientras que todo eso sucedía pensé que esa multitud, ese accionar desordenado, incoherente y egoista era la mejor imagen que podía formarme en mi cabeza de la democracia. Que si tuviera que explicarle a un alienígena recién aterrizado qué es esa cosa llamada democracia lo llevaría a ver una multitud ansiosa.  Mucha gente yendo hacia un mismo lugar, por un propósito esctrictamente egoista, que no es lo mismo que un propósito común. Que todos quieran entrar al mismo lugar no significa que eso sea un propósito común. Allí cada quien quería entrar, sin importar quien se quedara afuera, excepto claro si esos otros eran los parientes o amigos. Un accionar desordenado, sordo y animado por una fuerza resultante de la sumatoria de pequeños movimientos erráticos que llegan a tener un poder destructor y mortal.  Y al final no importa quien se quedó afuera, quien fue pisoteado, quien quedó aplastado, o quien murió. Lo que parece importante y lo que tiene en últimas validez es el grupo de los que logró lograron entrar a trancazos y mochazos y ser parte de *lo que sea que haya dentro*. Lo importante era estar allí YO aunque no estuvieran los demás. Eventualmente algunos o quizás muchos se quedarán rezagados, lo importante es contar que YO llegué, ví y vencí.
“La fuerza de la mayoría” que a la larga no es la fuerza de nadie, sino de esa cosa rara, abstracta y sin un referente semántico claro, al menos para mí.  Habría que empezar a dejar de pensar la política como un asunto de fuerzas, pues es una idea contraria a la de un propósito común, que es en últimas lo que da fundamento, por lo menos desde la teoría, a un estado moderno. Digamos que si fuera cierto aquello de un propósito común entonces no sería necesaria la aplicación de ninguna fuerza y todos podriamos caminar, incluso a distiempo, a ese punto de encuentro. Sin importar quien llega primero. Bueno, el caso es que yo siempre he creido que la democracia, como concepto, es un tremendo error.
Nota.
“Esta Negrura mía” sólo se presentó el lunes en la noche y el martes en otras dos funciones en el mismo teatro. No se sabe como, ni cuando ni dónde volverá  a presentarse. Un montaje que tomó meses de investigación de campo y muchos otros de preparación. ¿La razón? No hay sala para presentarla. Aunque “no hay” es un decir. Hay muchas salas en Bogotá, pero ninguna quiere patrocinar la obra, pues no parece ser muy “taquillera”. Ah que lindo. Un país en el que no hay plata ni patrocinios más que para la guerra. Adelante Presidente Uribe. Siga salvando Ud. la amada Patria Presidente Santos. Aunque los que nos quedamos de este lado del embudo, los que no clasificamos al lobby de su amada y defendida patria, los que no logramos entrar al show de la defensa de la dignidad de la siempre bendecida patria,  sigamos sintiendo que tenemos una mierda de PAÍS.

Porque democracia no es hacer las cosas bien, sino en bulto

leidymarmalade:

El lunes había un tremendo desorden al ingreso del Teatro Nacional. A la obra se entraba con invitación, así que las taquillas no estaban habilitadas. Cada quien llevaba su invitación, de modo tal que uno supondría que el acceso sería más sencillo.

Nadie sabía que pasaba, había una gran aglomeración en la calle y algunas personas habrían habían logrado pasar la primera entrada, desde la calle al “lobby del teatro” y estaban igualmente aglutinadas esperando poder ingresar a la sala. Yo no entendía nada. Alguien que estaba junto a mí, muy junto, pues esto era una masa de gente, le comentó a otra persona que el desorden podía deberse a que, aunque el Teatro Nacional había prestado la sala, no había prestado la logística ni las personas encargadas de organizar el ingreso de los asistentes.

Entre tanta multitud y empujadera recordé los acontecimientos de días pasados en Alemania, en el Love Parade. Hice algunos chistes al respecto y empecé a preguntarme qué clase de entidad es una multitud y cómo opera la fuerza que finalmente la mueve. De algún modo, sin moverme, sino movida por la fuerza de la “multitud”, logré franquear la primera entrada. Ya para entrar a la sala la aglomeración era mucho mayor. Aunque habían tres puertas disponibles los “encargados” sólo habilitaron una, y entonces había uno de esos embudos que parecen ser los que finalmente precipitan esa cosa llamada estampida.

Hoy le dije a Bernal que no entendía como podía producirse una estampida. Es decir, que no entendía como era posible que un montón de gente que no podía moverse para ningún lado porque sencillamente no hay espacio, repentinamente estuviese corriendo despavorida hacia algún lugar. Paradójico que racionalmente no pueda encontrarse espacio para andar o moverse y finalmente sea el miedo el vehículo de la liberación de ese espacio libre, supuestamente inexistente o imposible de hallar.

Nuevamente la fuerza de la multitud, que supongo es la suma de los pequeños y erráticos movimientos de cada quien apretujado contra los demás, me arrastró a la parte más angosta del embudo, que era la única puerta disponible para ingresar a la sala. Unos contra otros, de a uno intentando ingresar. Cuando llegué a la puerta pararon el acceso. Creí que era posible entonces pedirles a todos los que estábamos allí que nos organizaramos para entrar, pues si nos poniamos de acuerdo, sería más fácil para todos y probablemente todos estaríamos dentro en menos tiempo del que nos costaba restregándonos unos contra otros.  Nadie pareció escuchar. Restituyeron el acceso, de nuevo la gente empujaba y cada quien como podía se hacía a su ingreso. Decidí dejar pasar algunas personas y mientras tanto me detuve a pensar. Luego los miré y les dije: ¿será posible que nos organicemos para entrar? nadie pareció escuchar de nuevo, ni siquiera repararon en mí. Había un chico junto a mí y sólo los dos logramos llegar a un acuerdo: -pasa, le dije… ¿con quien vienes? pasen, y luego paso yo-.

Mientras que todo eso sucedía pensé que esa multitud, ese accionar desordenado, incoherente y egoista era la mejor imagen que podía formarme en mi cabeza de la democracia. Que si tuviera que explicarle a un alienígena recién aterrizado qué es esa cosa llamada democracia lo llevaría a ver una multitud ansiosa.  Mucha gente yendo hacia un mismo lugar, por un propósito esctrictamente egoista, que no es lo mismo que un propósito común. Que todos quieran entrar al mismo lugar no significa que eso sea un propósito común. Allí cada quien quería entrar, sin importar quien se quedara afuera, excepto claro si esos otros eran los parientes o amigos. Un accionar desordenado, sordo y animado por una fuerza resultante de la sumatoria de pequeños movimientos erráticos que llegan a tener un poder destructor y mortal.  Y al final no importa quien se quedó afuera, quien fue pisoteado, quien quedó aplastado, o quien murió. Lo que parece importante y lo que tiene en últimas validez es el grupo de los que logró lograron entrar a trancazos y mochazos y ser parte de *lo que sea que haya dentro*. Lo importante era estar allí YO aunque no estuvieran los demás. Eventualmente algunos o quizás muchos se quedarán rezagados, lo importante es contar que YO llegué, ví y vencí.

“La fuerza de la mayoría” que a la larga no es la fuerza de nadie, sino de esa cosa rara, abstracta y sin un referente semántico claro, al menos para mí.  Habría que empezar a dejar de pensar la política como un asunto de fuerzas, pues es una idea contraria a la de un propósito común, que es en últimas lo que da fundamento, por lo menos desde la teoría, a un estado moderno. Digamos que si fuera cierto aquello de un propósito común entonces no sería necesaria la aplicación de ninguna fuerza y todos podriamos caminar, incluso a distiempo, a ese punto de encuentro. Sin importar quien llega primero. Bueno, el caso es que yo siempre he creido que la democracia, como concepto, es un tremendo error.

Nota.

“Esta Negrura mía” sólo se presentó el lunes en la noche y el martes en otras dos funciones en el mismo teatro. No se sabe como, ni cuando ni dónde volverá  a presentarse. Un montaje que tomó meses de investigación de campo y muchos otros de preparación. ¿La razón? No hay sala para presentarla. Aunque “no hay” es un decir. Hay muchas salas en Bogotá, pero ninguna quiere patrocinar la obra, pues no parece ser muy “taquillera”. Ah que lindo. Un país en el que no hay plata ni patrocinios más que para la guerra. Adelante Presidente Uribe. Siga salvando Ud. la amada Patria Presidente Santos. Aunque los que nos quedamos de este lado del embudo, los que no clasificamos al lobby de su amada y defendida patria, los que no logramos entrar al show de la defensa de la dignidad de la siempre bendecida patria,  sigamos sintiendo que tenemos una mierda de PAÍS.

1 year ago

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    hacer las cosas bien,
  2. leidymarmalade posted this