Lo divertido no es verlo en concierto cuando ya ajustamos 3 citas en Colombia. Lo divertido es ver con que ocurrencias y versos ameniza la noche. Ver si somos capaces de hacerle parar una canción y ponerlo a hablar para decirle a la bella dama, que acaban de decirle que está muy buena, palabras menos.
Anoche Sabina y su banda ofrecieron un estupendo recital, con unas rancheritas y unos valsesitos y unos rocanrolcitos que literalmente pusieron de pie al auditorio. Aquí entra mi triste compañero de conciertos, un tipo que bien puede ir sin pagar un peso a VIP y tiene que sentarse de cuclillas en medio del pasillo, pedir por apoyo de la policía, que había mucha mucha, no sea que los desmanes de la turba enardecida causen problemas.
Este triste hombre debe mantener a la gente sentadita, como niños en un bus de colegio. Pero con Sabina la cosa ha de ser distinta. Este hombre de 60 y tantos años, con unos Calvin Klein así de grandes, merece que la gente se ponga en pie. Con mayor razón cuando han preparado una gira tan íntima y tan especial. Por mucho es el mejor concierto que ha dado en Colombia y eso es por unos simples detalles: Regalarnos una rubia platino enloquecida, una putita muy señorona y muy mamacita, al Subcomandante Marcos en labios de Mara Barros y cantar esa versión tan terrasa de esos pobres bichos tristes que navegan en las ciudades sin una mina que los espere en casa, que nos quieren a todos sentaditos y que son tan impotentes.
A mí siempre me gustó ese recital en el Gran Rex con la ambientación de estación del tren. Esta gira es así, con canciones lindas, cantadas con su banda y su voz, con sus charlitas y sus medias negras y esos tejados al fondo de la ciudad, en Bogotá. Anoche sabina dijo que no vale la pena vivir cien años.




